El Teatro real se ha volcado esta temporada en  representar operas barrocas para, seguramente, fomentar la afición a este tipo de obras, joyas de los pasados siglos. Prenderse de estas partituras es trabajo arduo pues son muy largas y estáticas. Algunas de ellas siguen representándose en toda Europa por tratarse de obras de arte. Tienen la dificultad de su puesta en escena, verdadero  escollo para los directores de escena. No saben si montarlas por la época en que fueron compuestas, retrotraerlas a los tiempos del libreto al que sirven o imaginar con la idea latente en los textos un panorama que igual haga subirse gateando a  los cantantes por el decorado. En el caso de lo que ahora nos ocupa el Teatro omitió toda escena, salvo insinuaciones expresivas de los personajes por la versión en concierto que al final efectuada con magníficos mimbres, resultó (con la dificultad que entraña) resultó un notable éxito.

   Julio Cesar en Egipto es una de las mejores de Haendel, también de las más frecuentadas y habituales del repertorio. Hay otras también esplendidas, (Ariodante, Alcina) pero esta es especialmente bella y más variada que otras. En puro estilo barroco, se desarrolla con arreglo a las normas formales, mediante recitativos, arioso arias da capo con  sus adornos en la repetición y con vis dramática en ciertos casos de exigencia del libreto. Par ello se contó con una formidable orquesta barroca Il Pomo d Oro y un especializado director, Francesco Corti, que dirigió  puesto también al clave con energía intentando sacar los matices pero con tensión y eficacia. Colaboraron todos los instrumentos de la reducida compañía y brillaron el trompa los fagots violín etc en sus solos dando la réplica a los cantantes. Estos fueron de primera categoría. Empezaré por le soprano por la soprano Sabine Devielhe, en el papel de Cleopatra que en todo momento derrocho estilo y experiencia en su difícil papel y en las peliagudas arias  con algunas variaciones en el adorno de la repetición del primer tiempo de las mismas pero sin caer en la tentación de hacer florituras para su lucimiento a todas luces innecesarias. Fue, junto a la orquesta, la triunfadora de la noche. Le dio la réplica el mediático contratenor Orlinski, hoy reclamado en todas las salas de ópera del orbe, con su seguridad en la exposición y muy bien de fiato y estilo y buenas dotes de actor donde explayarse en los recitativos dialogados. No fueron menos la contralto Beth Taylor, fuera de serie, y la no menos esplendida soprano más ligera en el papel de Sesto, Rebecca kegget de estilo impecable. Complementaron con igual nivel las voces masculinas barítonos, contratenores y bajo dándole brillo al conjunto.

  Si se puede crear afición si se quiere, y no hay que quitar una ápice de mérito al Teatro que ha apostado porque estas operas se escuchen por uno de los mejores conjuntos del panorama internacional. No hay más que mirar la programación de esta temporada que parece inflada con los destellos del barroco. En buena hora.