El teatro Real, que siempre presume de estar a la vanguardia, se ha lanzado al ruedo de subir a las tablas una versión de la opera de Bizet, Carmen, que no ha podido resultar más traspasadora de los códigos del arte teatral, que sin embargo ya se había tratado así en Londres y en Milan.Pero en España choca con la propia tradición. Veamos.

   El teatro ha programado catorce funciones con dos repartos jugando a caballo ganador por lo popular del título y en la senda de ampliar el número de espectadores y fomentar la afición. Esto es comprensible. Pero creo que introducir por primera vez a un neófito con esta ópera (si esa fue la intención) de hacerlo debe hacerse bien en todos los sentidos en el musical y en lo escénico y no querer aprovechar un título tan conocido para pasarlo por la piedra de la tiranía de los directores de escena que a poco que te descuides en vez de Carmen de España te la pueden presentar como japonesa o representarla en la luna.

   Esto no significa que el resultado fuera malo. La intención buena se fabricó con un reparto más que aceptable, una buena dirección musical una escena colorida (que no es lo mismo que adecuada) y un impresentable entorno  donde lo español que pretendió el autor- tan de moda en la Europa de entonces- brilló por su ausencia por lo desnudo barriobajero de la escena aunque se intentara fabricar estereotipos que no son solamente españoles. A la obra la alejas de Sevilla y es como si Aida se representa en Alaska.

   Pasemos página del montaje vayamos al detalle puesto que no cabe otro remedio. La música es tan acertada que siempre vale la pena y mucho escucharla. Empezando por las voces, la protagonista Aigul Akhmetskina magnifica mezzo con dotes de actriz más que suficientes para su difícil y cambiante rol brilló con luz propia destacando notablemente sobre los demás que no pasaron del aprobado. El tenor que dio vida a Don José salió airoso de su peliaguda aria de la flor y mantuvo el tipo. Lo mismo puede decirse del Escamillo del barítono que aunque con adecuada voz juventud y arte escénico traspasó el rubicon de su parte con dominio del fiato y el legato. Flojeó en su papel de Micaela (concebido para consagrar en dos oportunidades a una soprano lírica) Adriana González a la que disfrazaron de aldeana afeándole la ternura y candidez de su personaje. Sin embargo el resto de los comprimarios subieron el nivel que como he dicho antes resulto más que aceptable. En general toda la función fue salvada por la espléndida dirección de la coreana Eun Sun Kim que supo mantener la tensión con energía oriental comedida a la que siguió con entusiasmo la orquesta. Bien el coro y la dirección de los niños que le dieron frescura al chabacano montaje.

   En definitiva, la sala estaba repleta de entusiastas espectadores que seducidos por la partitura lo agradecieron con mas que cálidos aplausos. Al final se logró el objetivo y he aquí una versión más  que pasó sin pena ni gloria pero que pudo ser redondeada por un escenario fiel al original que hubiera difuminado todos estos escollos.